Coaching

El autoconocimiento.

Robert Schüller, pastor evangelista y orador motivacional, afirmó: “Cuando aprendemos a conocernos, en verdad vivimos.”

El autoconocimiento es una de las llaves del desarrollo personal y uno de los principios básicos para poder regular nuestras emociones, relacionarnos con los demás y luchar por nuestros objetivos. Las personas que se conocen mejor saben definir, con mayor exactitud, lo que quieren en la vida.

El autoconocimiento nos empuja a ponernos metas realistas y nos permite saber en qué lugar de nuestra trayectoria vital nos encontramos. Nos ayuda a planificar y nos descubre cuáles son los movimientos y las acciones que debemos realizar para llegar a donde deseamos.

Es por esto que, los expertos en desarrollo personal, ayudan a sus clientes a conectar consigo mismos y, a descubrir qué es lo que les motiva y cuáles son sus deseos, para disfrutar de una mayor felicidad.

El autoconocimiento es fundamental en determinadas etapas de la vida, porque si no sabemos quiénes somos, ¿cómo sabremos lo que queremos?. Poner el foco en él,  es el punto de partida para mejorar nuestro bienestar general.

¿Crees que te conoces bien?, intenta responder a las siguientes preguntas.

¿Quién soy? ¿Cómo me definiría?

¿A dónde voy? ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

¿Cuál es el sentido de mi vida?

¿Qué puedo hacer yo y nadie más que yo?

¿Cuál es mi secreto?

¿Qué idea me encantaría hacer realidad?

¿He dejado de hacer aquello que tanto me gustaba por lo que piensan los demás?

¿Qué es lo que más me importa en la vida?

¿Soy capaz de quererme? ¿Cómo me lo demuestro?

¿Qué quiero hacer a partir de ahora?

¿Hacia dónde quiero ir realmente?

¿Qué puedo hacer para encontrar y seguir mi talento?

Descubre quién eres de verdad, olvida lo que ves a tu alrededor y
empieza a mirar en tu interior. Vales más de lo que crees.

La rosa blanca, (cuento de Rosa María Roé)

En un jardín, entre hierbas y maleza, apareció como salida de
la nada una rosa blanca. Era blanca como la nieve, sus pétalos parecían de
terciopelo y el rocío de la mañana brillaba sobre sus hojas como cristales
resplandecientes. Ella no podía verse, por eso no sabía lo bonita que era.

Por ello pasó los pocos días que fue flor hasta que empezó a marchitarse
sin saber que a su alrededor todos estaban pendientes de ella y de su
perfección: su perfume, la suavidad de sus pétalos, su armonía. No se daba
cuenta de que todo el que la veía tenía elogios hacia ella.
Las malas hierbas que la envolvían estaban fascinadas con su belleza y
vivían hechizadas por su aroma y elegancia.

Un día de mucho sol y calor, una muchacha paseaba por el jardín pensando
cuántas cosas bonitas nos regala la madre tierra, cuando de pronto vio una
rosa blanca en una parte olvidada del jardín, que empezaba a marchitarse.

–Hace días que no llueve, pensó – si se queda aquí mañana ya estará
mustia. La llevaré a casa y la pondré en aquel jarrón tan bonito que me
regalaron.
Y así lo hizo. Con todo su amor puso la rosa marchita en agua, en un lindo
jarrón de cristal de colores, y lo acercó a la ventana- La dejaré aquí,
pensó –porque así le llegará la luz del sol.

La joven, lo que no sabía, es que su reflejo en la ventana mostraba a la rosa un retrato de ella misma que jamás había llegado a conocer.

– ¿Esta soy yo?-Pensó. Poco a poco sus hojas inclinadas hacia el suelo se
fueron enderezando y miraban de nuevo hacia el sol y así, lentamente, fue
recuperando su estilizada silueta. Cuando ya estuvo totalmente restablecida
vio, mirándose al cristal, que era una hermosa flor, y pensó: ¡¡Vaya!!
Hasta ahora no me he dado cuenta de quién era, ¿cómo he podido estar tan
ciega?
La rosa descubrió que había pasado sus días sin apreciar su belleza. Sin
mirarse bien a sí misma para saber quién era en realidad.