Coaching

El arte de acompañar a morir

Por 14 noviembre, 2019 Empieza a comentar

Desde muy pequeños nos enseñan cómo debemos vivir, pero, paradójicamente, nadie nos enseña a morir. De la muerte no se habla, quizás sea porque no tenemos una auténtica definición de la muerte. Vivimos de espaldas a ella, como si ese momento no fuese a llegar nunca, como si no tuviese nada que ver con nosotros hasta que llega y nos toca.

Sí, acompañar a morir es un arte y más en una cultura como la nuestra en la que no se habla abiertamente del tema. Cuando nos enteramos de que un familiar, un ser querido va a morir, cambiamos automáticamente nuestra actitud hacia él y esto ellos lo perciben. La reacción típica es:” tranquilo, todo va a salir bien”. Minimizamos la situación, hablamos de temas banales, restándole la importancia que tiene para el enfermo, o montamos un drama que, en nada ayuda a nuestro ser querido. Tal vez, si supiésemos cómo se siente esa persona seríamos capaces de acompañarlo en su viaje.

Tanto los enfermos que saben que van a morir como las personas que han perdido o son conocedoras de que van a perder a un ser querido pasan por las mismas cinco fases. La negación, “no puede ser que me vaya a morir, yo no”, o “debe ser un error, mi esposa no va a morir”.  La negación es una defensa, una forma normal y sana de enfrentarnos a una noticia horrible, inesperada, repentina. Permite a la persona considerar el posible fin de su vida y después volver a su vida como ha sido siempre. A la negación la sustituye la rabia, esta fase es especialmente complicada para los familiares y amigos ya que el enfermo despotrica y escupe contra Dios y contra todo el que se le pone por delante. Necesita expresar toda esa rabia, vaciarla hasta quedarse agotado. Esa rabia es algo necesario y natural, por muy difícil que sea la situación no debemos tomarla como algo personal. Luego viene la fase de la negociación, “no dejes que me muera aún, dame un poco más de tiempo”, o “deja que mi esposa viva un poco más para que pueda ver como crece nuestro hijo”. Es en este momento, en el que hay que aprovechar y preguntarle al enfermo si tiene algo pendiente y ayudar. Es un buen momento también, para permitirle exteriorizar su rabia y liberarse de ella, ya que en esta fase se muestra más comunicativo. Luego le sigue la etapa de la depresión, la tristeza profunda y la sensación de vacío son características de esta fase, cuyo nombre no se refiere a una depresión clínica, sino a un conjunto de emociones vinculadas a la tristeza, naturales ante la situación en la que nos encontramos. Tanto si nosotros, como nuestro ser querido, conseguimos pasar por todas estas etapas, llegaremos a la fase final, la de la aceptación. Para el enfermo se trata de resignación, de meditación, desaparece la lucha interior y se prepara para lo que es inminente, para su partida. Para los que nos quedamos, se trata de aprender a vivir con el recuerdo de esa persona que siempre llevaremos en nuestro corazón.

La muerte no duele. Lo que duele es el proceso de transición y la mayor prueba de amor hacia nuestro ser querido es conseguir que ese camino lo recorra de la mejor manera posible. Ellos no saben a dónde van y tienen miedo, algunos tienen asuntos pendientes y necesitan solucionarlos antes de irse. Una conversación por terminar, una promesa incumplida, un te quiero por decir, la visita de un hijo que se fue y nunca volvió, un malentendido por aclarar. No quieren que los mires con pena o resignación, lo que verdaderamente necesitan es sentirse comprendidos, escuchados, poder expresar lo que sienten, si tienen miedo, si temen que al irse alguien a quien quieren quede desamparado. Necesitan que les preguntes cosas verdaderamente importantes para ellos como: ¿Qué te angustia?, ¿Qué necesitas?, ¿Qué tienes pendiente y te gustaría poder hacer?, ¿De qué quieres hablar?, ¿Qué temes de la muerte?, ¿Cómo te gustaría que fuese llegado el momento?, ¿Qué cosas son importantes en tu vida?,¿Si pudieras escoger entre tener más tiempo o una mejor calidad de vida qué elegirías?

Elisabeth Kübler-Ross, (1926-2004) psiquiatra suizo-estadounidense, fue pionera en estudiar las emociones de las personas que saben que van a morir y en proponer cuidados paliativos. Desarrolló sus investigaciones en EEUU. Llegando a recibir 23 doctorados honoríficos y multitud de reconocimientos. Gracias a su trabajo, muchos moribundos han mejorado su calidad de vida en sus últimos momentos, y familiares y personas del entorno han aprendido cómo apoyar al enfermo y también a gestionar el dolor por su pérdida. Sus escritos, versan en torno a la cuestión de la muerte, la pérdida o el duelo, proponiendo que se afronte la muerte con serenidad y alegría. Ella afirmaba que: “si a los enfermos terminales se les da la oportunidad de expresar su rabia, llorar y lamentarse, concluir sus asuntos pendientes, hablar de sus temores, pasar por esas fases, van a llegar a la última fase, la aceptación. No van a sentirse felices, pero tampoco deprimidos o furiosos. Es un período de resignación silenciosa y meditativa, de expectación apacible. Desaparece la lucha anterior para dar paso a la necesidad de dormir mucho, lo que yo llamo el último descanso antes del largo viaje”.

A un ser querido hay que acompañarlo con comprensión, para que acepte su situación y el torrente de emociones que eso significa y, también por qué no, con alegría. Y si se trata de un niño, con más alegría aún. Escucha lo que te dice, qué necesita, que no te vea flaquear, dile un millón de veces que lo quieres y que eres muy feliz con él, pero no conviertas una despedida en un drama porque si no, para ellos será aún más difícil. Y muchos, lo que quieren, es poder irse y descansar en paz de una vez.

 

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